Os presento a mis hijos.
Hace 20 días la familia se amplió con Tsega y Milya con los que hemos vuelto de su Etiopía natal hace 4 días.
Ha costado mucho tiempo, mucha paciencia, mucha desesperación y sufrimiento llegar a ellos. Ha sido un viaje largo, de más de 4 años, que hemos sobrellevado lo mejor posible. Siempre intentamos vivir todo ese tiempo como si el ansiado objetivo no existiera o nunca fuera llegar, porque la vida hay que disfrutarla y todo minuto mal gastado ya no vuelve y esto es más corto de lo que parece.
Muchos no entienden la adopción, creen que es complicarse la vida, otros creen que es una obra de caridad. No lo entienden, están equivocados, es simplemente una opción, la opción que mi mujer y yo hemos elegido para ser padres.
La adopción va mucho más allá de educar y criar a un hijo. Las circunstancias que la rodean suponen un cambio radical de vida y una nueva orientación que pasa por encima de certidumbres y creencias.
Pone en crisis la seguridad, la comodidad las expectativas y es capaz de sacar lo mejor y lo peor que hay en cada uno de nosotros.
Por eso creo que seria un error planteársela como un fin o un objetivo en si misma. Una actitud así conllevaría a una inevitable frustración.
La adopción es una aventura en la que la incertidumbre, la sorpresa y lo imprevisto están a la orden del día. Obliga a replantearse a cada momento un montón de cosas y a sustituir la certeza por una actitud expectante y abierta. La adopción es una aventura para aventureros. Aquellos que busquen seguridades, estrategias u organización y mantengan expectativas cerradas o limitadas, que se abstengan.
Solo puedo decir que somos inmensamente felices y que la aventura, lejos de acabar, está empezando ahora y que habrá muchas dificultades, pero que pondremos todo nuestro empeño y amor por resolverlas.
Os dejo con una frase que he leído sobre nuestros hijos y que reza: "No tendrán nuestros ojos, pero si nuestras sonrisas".