
Asomarse a cualquiera de los miradores que tiene en sus murallas la villa de Ainsa, seguramente no te deje con la boca abierta. Es mucho más bello el balcón que la vista del valle, que no es que sea fea, pero adentrarse en esta pequeña población, situada estratégicamente entre Pirineos franceses y oscenses es un placer que, ni los 40 ºC que castigaban sus piedras pudieron evitar que disfrutase.

