Amanecía el domingo de piñata con un cielo despejado, que se resistía a la anunciada alerta amarilla y del que sólo se podían presagiar lluvias de papelillos y serpentinas.
Pero el cielo se tornó gris y aparecieron los aguaceros.
A pesar de que las ganas de echar las últimas risas de una intensa semana, hicieron que el ingenio le plantara cara al mal tiempo, el carnaval y su colorido se fue diluyendo en unas calles que se quedaban vacías y en las que los charcos ganaban la partida.
Quizá el próximo domingo nos quede la última oportunidad, pero de momento se nos marcha, como siempre, con ganas de diversión en el tintero y, también como siempre, dejando mucha mierda, alcohol e incivismo por parte de otros muchos, no necesariamente adolescentes.
Al menos la lluvia está limpiado las meadas indiscrimanadas.



















